Ciudad de México, 19 de noviembre del 2020.- Desde que comenzó a ser explorado en el siglo XVI por los conquistadores y los misioneros jesuitas y franciscanos, el septentrión de la antigua Nueva España, poblado por numerosas culturas originarias que contactaron con los occidentales, se volvió un punto icónico de encuentros y desencuentros.

Ciudad de México, 19 de noviembre del 2020.- Desde que comenzó a ser explorado en el siglo XVI por los conquistadores y los misioneros jesuitas y franciscanos, el septentrión de la antigua Nueva España, poblado por numerosas culturas originarias que contactaron con los occidentales, se volvió un punto icónico de encuentros y desencuentros.

Para conectar aquellas rutas exploratorias, evangélicas y, posteriormente, mineras, se crearon distintas vías terrestres, siendo la más conocida el Camino Real de Tierra Adentro (CRTA), itinerario cultural en torno al cual se realizó un coloquio organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

La actividad académica, desarrollada por medio del Centro INAH Querétaro y del Museo Regional de Querétaro, y como parte de la  campaña “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura, evocó la vida cotidiana de aquellos que transitaban por esta ruta histórica, a diez años de su inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial de la Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

En la mesa titulada “Arrieros, viandantes, viajeros y asaltantes”, transmitida por el canal de INAH TV en YouTube, los historiadores de las universidades autónomas de Zacatecas y Querétaro, Roberto Carrillo Acosta y Eva Lilia Acosta Garnica, respectivamente, centraron sus participaciones en la criminalidad existente dentro de la ruta. Así, el primer ponente habló de cómo desde el siglo XVI se establecieron los primeros ‘presidios’ en el septentrión.

Estas fortalezas del también llamado ‘Camino de la Plata’, tenían la finalidad de proteger mercancías y albergar un reducido grupo de habitantes (religiosos, comerciantes y campesinos), así como a tropas militares, y resguardarlos de los frecuentes ataques de bandidos e ‘indios chichimecas’.

A menudo, agregó Carrillo Acosta, entre un presidio y otro, un viajero podía hacerse de los servicios de una “escolta de pasajeros”, no obstante, llegaba a ocurrir que los propios escoltas cometían delitos sobre sus clientes, robándoles y, en el mejor de los casos, abandonándoles a su suerte en medio de los inhóspitos parajes del norte.

Ya en el siglo XIX, abundó la historiadora Eva Lilia Acosta, la frecuente presencia de salteadores de caminos y de delitos como el robo de ganado, llevó a autoridades locales como la de Querétaro, a expedir leyes en contra de dichos infractores.

En 1849, ejemplificó, La Ley Penal y de Procedimientos contra los Ladrones y sus Cómplices –consultada en el Archivo Histórico del Poder Judicial de Querétaro– sancionaba con la pena de muerte cuando el robo mostraba violencia, y facultaba a las autoridades a pasar por las armas, en un plazo de tres horas, a los delincuentes cogidos en flagrancia.

“Este tiempo considerado para la ejecución tenía la finalidad de corroborar los hechos y, en su caso, brindar al condenado los auxilios espirituales”, mencionó la investigadora al citar una frase recurrente en los bandos judiciales de la época: “temblad y temed la espada de la justicia”.

Otra participación en el coloquio fue la de la investigadora del posgrado en Historia del Arte de la Universidad Nacional Autónoma de México, Samantha Pérez Durán, quien habló de los ‘tlacos’, palabra que, expuso, deriva del náhuatl tlahco (mitad o medio) y que se aplicaba a unas pequeñas piezas que en tiempos virreinales y decimonónicos eran usadas como ‘moneda menuda’ en las provincias alejadas de la capital, a donde no llegaban los metales producidos por la Casa de Moneda.

Hechos con formas irregulares de círculos, óvalos o cuadros, así como con materiales baratos (cobre, latón, madera, vidrio, hueso, barro e, incluso, jabón), los tlacos circulaban localmente y no era infrecuente que tuvieran faltas de ortografía en sus leyendas, según se sabe por aquellos ejemplares que sobrevivieron al paso del tiempo.

“Los pulperos y tendejoneros emitían sus propios tlacos y solo recibían aquellos de su pulpería, lo cual además de dar movimiento al capital en las provincias, ayudaba a los negocios a crear y retener clientelas”, señaló la historiadora al apuntar que, cuando un tendero moría, las molestias también aparecían pues los otros negocios no aceptaban sus tlacos y, a menudo, estos terminaban vendiéndose como fierro viejo.

Las dos participaciones finales de esta mesa, impartidas por las historiadoras de la empresa SATELSA y de la Universidad Autónoma de Querétaro, Alicia Esparza Carrillo, y Oliva Solís Hernández, respectivamente, versaron acerca de las memorias de quienes hace siglos usaron el Camino Real de Tierra Adentro y dejaron constancia de lo que vivieron en él.

Citaron el caso del viajero austriaco Isidore Löwenstern, quien recorrió el septentrión mexicano en 1838 y, curiosamente, narró tanto el uso de los tlacos al recibir como ‘cambio’ uno hecho con jabón, como la poca confianza que tenía en los arrieros que había contratado para su camino.

Además de otros personajes religiosos como fray Francisco de Ajofrín, que viajó por la célebre ruta en 1763, o los diplomáticos Joel Roberts Poinsett y Henry George Ward, quienes lo hicieron en 1822 y 1827, respectivamente; también se tocó el caso de Concepción Lombardo de Miramón, esposa del general Miguel Miramón.

Por último, Oliva Solís Hernández retomó cómo desde sus memorias, escritas en Europa en los años previos a su muerte en 1921, quien fuera primera dama de nuestro país, evocó al camino real y a puntos específicos como la ciudad de Querétaro, donde fue fusilado su esposo junto con Maximiliano y Tomás Mejía, “como el teatro de todas sus desgracias”.