CDMX 17 de noviembre del 2020.-La pérdida de especies de fauna en México es consecuencia tanto de causas económicas como sociales, culturales, urbanas y rituales, pero también del cambio climático, los incendios forestales, la deforestación, el tráfico ilegal y la caza o pesca furtiva.

CDMX 17 de noviembre del 2020.-La pérdida de especies de fauna en México es consecuencia tanto de causas económicas como sociales, culturales, urbanas y rituales, pero también del cambio climático, los incendios forestales, la deforestación, el tráfico ilegal y la caza o pesca furtiva.

Cinco ejemplos del reino Animalia, endémicos de nuestro país, ilustran la situación de peligro en que se encuentran distintas especies que, de perderse en nuestro territorio, desaparecerían de la faz del mundo al no encontrarse en otras latitudes.

Ajolote mexicano

El ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum), especie endémica del sistema lacustre del Valle de México, es muestra emblemática de la situación de los anfibios de nuestro país. Aparece con categoría de “protección especial” en la NOM 059-SEMARNAT y, en “estado crítico”, en la Lista Roja de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN).

Al ajolote se le relaciona con Xólotl, hermano de la deidad azteca Quetzalcóatl, y con el movimiento y la vida, pues, según la mitología, logró distintas metamorfosis para escapar de la muerte hasta convertirse en el pez axolotl, voz náhuatl que significa “monstruo acuático”.

De cabeza ancha y ojos redondos sin párpados, branquias (¡y pulmones!), patas cortas y cola en forma de aleta para el nado, “el pez caminante” o ajolote enfrenta la reducción de su hábitat, la contaminación del lago y los canales de la alcaldía que resguarda el Parque Ecológico de Xochimilco, área protegida del ajolote.

Los anfibios desempeñan funciones importantes en los ecosistemas: transfieren nutrientes de medios acuáticos a terrestres y controlan plagas de insectos, lo que es de capital importancia ya que su eventual desaparición provocaría un incremento en las poblaciones de insectos transmisores de enfermedades como la malaria, dengue y fiebre amarilla.

Son indicadores ecológicos. Su presencia o ausencia revela el estado de un ecosistema y las amenazas sobre la biodiversidad, al ser los primeros afectados del deterioro ambiental y de los efectos de la contaminación, lo que se ha vuelto cada vez más frecuente desde finales de los años ochenta por los descensos dramáticos en las poblaciones de anfibios de todo el mundo.

Serpientes de cascabel                 

                                   

El Programa de Acción para la Conservación de las Especies de Serpientes de Cascabel indica que estas son parte importante de la biodiversidad biológica y cultural de México, y existe por lo menos una serpiente cascabel por estado en el país (Esparza-Estrada, 2014).

En México, se distribuyen 42 de las 47 especies de víbora de cascabel que se conocen. De estas, 24 son endémicas de nuestro país y 23 de ellas se ubican en alguna categoría de riesgo de acuerdo con la NOM-059-SEMARNAT-2010. Una evaluación reciente indica que al menos 7 especies de víboras de cascabel están en grave riesgo de extinción bajo diferentes criterios (Maritz et al., 2016), entre ellas, Crotalus catalinensis o víbora sorda, que es endémica de la isla de Santa Catalina, Baja California Sur, se ubica en peligro crítico (CR).

La característica principal de estos organismos es el «cascabel» o crótalo que poseen en la punta de la cola, una estructura segmentaria utilizada fundamentalmente como mecanismo de defensa al moverla y chocar sus segmentos. Poseen fosetas sensoriales de detección infrarroja y en su dentición portan veneno que utilizan para inmovilizar y predigerir a sus presas, o como mecanismo defensivo ante depredadores potenciales (Campbell y Lamar, 2004).

Las Crotalus desempeñan un papel ecológico muy importante en los ecosistemas mexicanos al ser depredadoras de ratones o ratas que pueden afectar los cultivos, sin embargo, están amenazadas por la pérdida del hábitat, la colecta ilegal y, en gran medida, por ser percibidas como organismos dañinos que no tienen función ecológica, económica o cultural alguna.

Generalmente, el primer grupo de organismos que se pierde cuando una zona es urbanizada es el de las serpientes, al suscitarse mayor cantidad de encuentros serpiente-humano que resulta en la matanza de los reptiles y en mayores riesgos de accidentes por mordedura.

Además de la pérdida del hábitat legal e ilegal, influyen en su descenso poblacional la fragmentación del hábitat; la muerte por aversión y/o miedo, o para uso en remedios tradicionales, como alimento/consumo de subsistencia, uso en bebidas alcohólicas como el sotol y tequila, elaboración de productos de peletería y/o artesanías o para prácticas de esoterismo; la captura ilegal para comercialización como mascota y el impacto por consecuencias del cambio climático o por incendios forestales.

Colibríes

Sagrados para nuestras culturas ancestrales por considerarse portadores de buenos deseos y de buena suerte, los colibríes hoy son sacrificados dentro de la brujería para realizar “amarres de amor”, actividad que ha trascendido las fronteras y que no sólo pone en peligro a estas hermosas avecillas, “sino que los llevaremos a la extinción”, a decir de la experta de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala de la UNAM, María del Coro Arizmendi Arriaga.

Aves sumamente pequeñas, de cabeza enorme, patitas diminutas y alas majestuosas, son las mejores voladoras de la naturaleza al realizar aproximadamente 200 batidos de alas por segundo.

Originarios de América, se distribuyen en 330 especies, de las cuales 58 pertenecen a México y, de estas, 17 se reproducen durante el verano en Canadá y Estados Unidos, posteriormente emigran a este país para pasar el invierno. Sin embargo, 18 se encuentran bajo alguna categoría de riesgo.

Son también especies polinizadoras. 98% de su alimentación se basa en néctar de flores que producen miel para que los colibríes las visiten y así muevan el polen, que es la célula masculina de la planta, y lo transporten hacia otra planta femenina.

México cuenta con 13 especies endémicas de colibríes, pero siete se encuentran en alguna categoría de riesgo: dos en peligro de extinción (una en peligro crítico), cuatro en alguna situación de amenaza y una bajo protección especial.

La coqueta de Atoyac, endémica de Guerrero, se ubica en “Peligro Crítico”. Su área de distribución es extremadamente reducida y su población se calcula entre 250 y 999 especímenes.

El colibrí miahuatleco se distribuye exclusivamente en el bosque nublado de la Sierra de Miahuatlán, Oaxaca, y tiene estatus de “en peligro” a consecuencia de la tala y quema del terreno para la siembra de maíz y cultivo de cítricos.

Las otras cuatro especies amenazadas, según la lista roja de la UICN, son el tijereta mexicano, que habita manglares abiertos y bordes de selva en los estados de Yucatán y Veracruz, clasificado como casi amenazado; el colibrí guerrerense, con estatus de vulnerable; la ninfa mexicana, que se distribuye en Nayarit, Jalisco y Colima, vulnerable; y el colibrí frente verde mexicana que es el de menor amenaza.

También el fandanguero tuxtleño, endémico de Veracruz, Oaxaca y Chiapas ha sido declarado bajo protección especial sin clasificación de especie amenazada.

Perrito de la pradera                   

 

El perrito de la pradera mexicano (Cynomys mexicanus) recibe su nombre científico del griego: ‘perro roedor’, por ser un roedor esciuromorfo de la familia Sciuridae, endémica de México. Habita en Nuevo León, Coahuila, San Luis Potosí, Sonora y Zacatecas.

Al tratarlo como una plaga de la agricultura lo han conducido al estatus de “en peligro de extinción”. De su distribución histórica en mil 500 Km2 se ha perdido el 65% por la expansión de la agricultura y ganadería, la extracción excesiva de agua y el envenenamiento de colonias, pues los campesinos piensan que compiten con su ganado por el pasto.

Se le llama perrito de la pradera por su hábitat y su grito de alarma, parecido al ladrido canino. Se le conoce como el ingeniero de la pradera porque sus construcciones subterráneas ofrecen cobijo a otros perritos, búhos y serpientes, y propician la cría, mullen el suelo que los bisontes apisonan y lo fertilizan con la aportación de hierbas al subsuelo.

Las partes inferiores de la madriguera se inundan en invierno y acumulan agua durante largo tiempo; de esa manera pueden desarrollarse algunas plantas sobre todo en los veranos con poca lluvia, lo que permite nutrir a muchos animales. Sin él, buena parte de los llanos donde habita serían páramos secos.

Otros servicios ambientales de esta especie de ardilla es renovar y oxigenar suelos, así como fertilizar y controlar poblaciones de arbustos, lo que permite el desarrollo de pastos en los suelos pobres y atrae a grandes herbívoros como venados y pecaríes, y de roedores que dependen de los pastizales como la rata magueyera, la ardilla punteada y varias ratas canguro. Sus madrigueras abandonadas sirven de refugio para el tecolote llanero, el chorlo llanero y una variedad de sapos, ranas, lagartijas y serpientes.

El perrito también es alimento de muchas especies amenazadas como el águila real, la zorra norteña del desierto, el tejón y la víbora de cascabel de los pastizales.

Peces loro

Gracias a los “jardineros de los arrecifes”, como se califica a los peces loro, se puede disminuir la presencia de macroalgas en el Sistema Arrecifal Mesoamericano, ecosistema impactado por la contaminación de aguas residuales que están matando a sus corales.

Por primera vez se da ingreso a la NOM-059-SEMARNAT-2010 como un reconocimiento a los servicios ecosistémicos que brinda la fauna, y estas son las diez especies de peces loro del Caribe mexicano que están ahora bajo la categoría de Protección especial, al actualizarse la norma en noviembre de 2019 con el propósito de detener la reducción de sus poblaciones de peces loro por pérdida de su hábitat y el aumento de su pesca, porque esa disminución tiene ya impactos en el Caribe mexicano.

Los peces loro se alimentan de las macroalgas que crecen entre las rocas y los corales, y sus heces contribuyen a la formación de las playas en la región. Un pez adulto puede llegar a producir entre 20 y 40 kilos de arena en un año y en la última década han proliferado las macroalgas, las cuales afectan la salud de los corales.

Es necesario conocer esta situación y tomar conciencia para conservar las especies animales que tienen participación en el equilibrio ecológico que, cuando se rompe, pone en riesgo la permanencia de la vida humana. Anfibios, aves, peces, reptiles y mamíferos forman parte de las cadenas tróficas y prestan variados servicios ambientales insuficientemente valorados.