22/10/2020

Maya Comunicación

Agencia de fotoperiodismo

Hacer arte es la exploración de uno mismo

Retorno a la infancia

“Infantil”, “cosas de niños”, suelen ser formas de calificar algo de poca importancia, poco serio, un juego… ¿Pero no es el juego el método verdadero para hacer descubrimientos? Cuando hablamos de literatura infantil, o para niños, hay quienes tienen el prejuicio de pensar que es un arte menor, algo irrelevante e inmaduro, que tal vez ni siquiera se trate de LITERATURA (así, con mayúsculas). Ante de eso, me cuestiono: ¿el arte no se trata de jugar para descubrir?

¿Y qué busca encontrar el artista? ¿Qué quiere descubrir? Hay quienes piensan que tiene el constante desafío de encontrarse a sí mismo. No obstante, en el camino puede ser que muchos crean que el arte es imitar la forma de hacer una obra por alguien más. ¿De conseguir caritas felices de los “maestros” como en la primera infancia? Pensemos en lo que se necesita para agradar a los otros: en buena medida, reproducir los modos y costumbres habituales al gusto estético imperante. ¿Y si el verdadero arte, más allá del gusto de los demás, es aquel que revela la manera particular que tiene el artista de mirar el mundo?

¿Pero cómo escapar a esta construcción social que por años nos ha dictado que debemos agradar a los demás? Para mí la respuesta es regresar a la infancia y pensar en aquellos temas que me preocupaban de niña, al margen de los intereses y la perspectiva de “los adultos”. Si al hacerlo no agradaba a alguien, el regaño vendría después, pero mientras yo ya había jugado, explorado, descubierto. Y esos también son para mí los métodos del arte. Por eso me gusta escribir para niños, porque me da la oportunidad de ser honesta conmigo misma, más allá de si el resultado cumple con criterios que complacen a otros.

Sin embargo, alguien objetaría: “¡Escribir para niños es pensar en agradar a un lector!” Tener en mente a un niño, sí, tratar de agradar a todos los niños, no. Cuando se busca hacer literatura infantil con una pretensión artística no se piensa en los niños como lo haría un mercadólogo, que añade colores o animales graciosos para hacer el producto atractivo; se piensa más bien en el niño interno y se escribe desde él. Si uno se hace las preguntas: ¿qué es un niño?, ¿qué entiende un niño?, y quiere escribir desde ahí, no se podrá. En principio encontraremos, como es lógico, no saber qué decir. Es una limitante porque se parte del prejuicio, de la generalización, y cuando se quiere conocer a todos los niños se termina por conocer a ninguno. Hacer arte es en buena medida la exploración de uno mismo y eso aplica también para la literatura infantil; cuando no se hace así y se atienden criterios comerciales, se nota la deshonestidad. Escribir para niños es también un acto íntimo que se hace público.

 

Cosas de niños y cosas de grandes

No sé los otros, yo escribo para niños simplemente desde la niña que yo fui, desde lo que pensaba y me causaba interrogantes. Mi resultado personal es una niña introvertida y sensible a temas que se consideran “poco infantiles” y que por eso nadie me explicaba. “Son cosas de grandes”, decían, pero en realidad no es que haya “cosas de niños” y “cosas de grandes”, si simplemente aprendemos a observar el mundo y escuchar lo que cada individuo tiene por decir acerca de él, sin importar su edad.

¿Qué pasa cuando uno mira libros para niños con apertura? (Aunque hay que recordar que no nos interesan los libros diseñados por mercadólogos). Me refiero a colecciones de álbumes ilustrados como los del Fondo de Cultura Económica, Barbara Fiore, Ekaré, Lóguez, por sólo mencionar algunas. La honestidad que se busca al escribir es la misma que puede uno encontrar como lector de libros infantiles. Cuando yo lo descubrí por primera vez, a raíz de un encargo periodístico de Víctor Roura, quien era el director de la sección de cultura de El Financiero en 2004, me encontré con libros que reflexionaban de manera sencilla, pero profunda, sobre la vida, la muerte, el abandono, la felicidad, el cambio. Esos mensajes conectaron conmigo de manera inmediata y devolvieron el carácter de emoción y no de pretensión en la lectura.

Fue así que comencé a investigar, a conocer publicaciones, a contactar editoriales y a descubrir que algunas casas, como CIDCLI, ya llevaban para entonces más de dos décadas publicando libros para niños (comenzó en 1980); que la colección del Fondo de Cultura Económica fue iniciada por Daniel Goldin, en 1991 (un promotor de la lectura y los libros esencial para México), y que muchas otras estaban apenas surgiendo, en aquella época, con la idea de crear libros propositivos, bellos, juguetones, como Ediciones Tecolote, Petra Ediciones y Ediciones El Naranjo.

También supe que el Premio Barco de Vapor de SM Ediciones había lanzado su primera convocatoria en México en 1996, de la cual la ganadora fue Mónica Brozon: una de las autoras más exitosas y prolíficas desde entonces. Cabe mencionar que actualmente ha habido ganadores de concursos de literatura infantil y juvenil que refieren haber leído en su niñez a Mónica, por lo cual puede decirse que con ello se han ido creando ya generaciones de escritores mexicanos formados dentro de esta literatura. Esas generaciones se encontraron con libros que pensaban en ellos y los consideraban lectores dignos de una historia literaria y no sólo receptores de cuentos clásicos de los Hermanos Grimm o Andersen, adaptados una y mil veces.

¿Qué diferencia puede existir en que esos lectores hayan tenido una cultura literaria pensada en los niños contemporáneos? Que la literatura infantil y juvenil no fue para ellos ese conjunto de historias cursis y moralizantes que subestiman a los jóvenes, sino una literatura nueva (al menos en nuestro país) que tiene delante de sí todas las posibilidades de exploración y experimentación en sus temas y estructuras narrativas. Para mí, esto determina que se cree un ambiente fecundo del que pueden surgir cada vez más artistas (en cuanto exploradores de las formas de expresión y de la infancia). No es lo mismo leer la versión edulcorada, mocha y reversionada de un cuento de hace muchos años que leer a un autor que en este mismo momento se encuentra interpretando la realidad desde la perspectiva de un niño y tratando de traducirla en palabras.

 

Reinventar los temas

No fui lectora de libros para niños y jóvenes contemporáneos, comencé a leerlos en mi etapa adulta, y a pesar de ello me trajeron un panorama inmenso en el que la literatura recobró sentido para mí y le añadió nuevos significados. Desde entonces no puedo evitar ir al área para niños de las librerías y descubrir las novedades. Encuentro en ellos formas de hacer poesía, metáforas visuales y ganas de resignificar la vida; apertura para sentir y mostrar emociones, complejidad en la sencillez; amabilidad y complicidad con quien lee.

Por eso quise entrar también a las filas de escribir para niños y jóvenes y lo hice porque vi en ello la manera de reinventar los temas y de encontrar estrategias propias de expresar lo ya sabido. La literatura para niños da, como la niñez misma, la capacidad de ser alguien nuevo y diferente. De crear cada historia sin importar los milenios de humanidad que cargamos encima y por tanto liberarse de cargas y “deber ser”. Es la oportunidad de siempre partir del origen, como un recién nacido.

Los autores que escribimos actualmente para niños, me atrevo a decir, contemplamos este campo literario fértil no sólo porque queremos atrevernos a decir cualquier cosa, hablar de cualquier argumento sin ataduras (es un desafío pensar que los niños pueden saber de todo sin vergüenza, pudor o desconfianza), sino también porque, en esta consideración de que estamos ante lectores inteligentes, tratamos de explorar las estructuras y estilos narrativos. En este sentido, Ricardo Chávez Castañeda y Martha Riva Palacio Obón han sido autores valientes y propositivos (léanse Fernanda y los mundos secretos, del Fondo de Cultura Económica e 2004, y El libro de la negación, de El Naranjo, 2014, del primero, o Buenas noches, Laika, del FCE, 2014, y Orfeo (también del FCE, 2017, de la segunda). Menciono únicamente dos nombres porque reconozco en ellos una búsqueda constante de estilo más que de anécdotas, pero existen más títulos que han sido interesantes de leer en este sentido.

Riva Palacio Obón ha sido ganadora de varios de los premios más importantes de nuestro país dentro de este sector literario. Uno de ellos fue el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños, convocado por la Fundación para las Letras Mexicanas. Estos premios motivan a los autores a plantearse el desafío de entender qué es la poesía para niños y hacer propuestas. No está fácil, si a veces en términos generales nos cuesta definir cuál es el rumbo de la poesía en la actualidad. A la poesía para niños le falta mucho por recorrer, debe inventarse y reinventarse, entrar a la tradición y salir de ella, pero lo puede hacer porque, como ya dije, dentro del campo de la literatura para niños todo tiene la naturalidad de surgir espontáneamente y, a la vez, de una forma profunda. Y los lectores están abiertos a recibir mensajes, siempre y cuando ameriten su atención.

 

Lo incierto de las bibliotecas de aula

Un premio mueve e impulsa, como lo ha hecho el Premio Barco de Vapor, del que surgieron varios escritores que hoy en día son de los más fecundos en la industria editorial: Jaime Alfonso Sandoval, los hermanos Javier y Toño Malpica, María García Esperón, Juan Carlos Quezadas, Gilberto Rendón, Monique Zepeda, María Baranda, entre otros.

También muchas editoriales se interesaron en crear libros para niños y jóvenes por el programa de Bibliotecas Escolares y de Aula, que podía comprarles miles de ejemplares, ahora es incierto. Y uno ve con decepción que, por ejemplo, en la escuela pública de mi hija esta biblioteca ha dejado de renovarse e incluso no puede ser usada pues quedó dañada por el terremoto de 2017. Me pregunto cuántas habrá así.

Es una pena. Sobre todo porque, como autora de libros para niños y jóvenes, varias escuelas privadas me han invitado a dar charlas a los alumnos y uno ve en estas instituciones un trabajo bibliotecario que se esfuerza por llevar de manera consistente y constante la lectura a los alumnos. Crean actividades de acercamiento y están al pendiente de los nuevos títulos. Es triste notar la desigualdad que hay ante un hecho tan simple, como el acceso a los libros, entre las escuelas públicas y privadas.

En mi perspectiva, es necesario que el gobierno continuara haciendo un esfuerzo por que los alumnos de escuelas públicas tuvieran a la mano una diversidad de títulos ya que uno no sabe de qué manera una lectura, o varias, puede marcar la vida. Yo digo esto porque para mí leer fue refugio, bálsamo, fuente de creatividad, e incluso hoy en día, fuente de trabajo.

 

Una alternancia posible

Como autora trato de escribir para los individuos marginales, los excluidos de un sistema que retoma sólo modelos tradicionales y deja fuera a quienes no se ajustan a la norma. Porque hay otras realidades y los libros deben mostrarlas. Siempre la lectura puede ser la alternancia frente a las tendencias de pensamiento que exhibe el común de la gente.

Esta vocación por hablar de la diversidad, de los recovecos, no se fecundó en mí de la nada. Además de mis intereses personales, he leído los títulos de editoriales independientes, dedicadas exclusivamente a niños y jóvenes, que son valientes al tocar temas y proponer nuevas formas de lectura. Editoriales que hacen un esfuerzo por publicar libros que respetan a los lectores niños y comprenden que son inteligentísimos, tal vez más que los adultos, porque en ellos hay curiosidad, reflexión, cuestionamiento y búsqueda de nuevas formas. Porque son lectores que no parten de prejuicios y creencias que ya difícilmente se pueden disolver. Son lectores abiertos, pero también críticos y honestos. Tal vez su único defecto es que dependan de adultos —que sí tienen ideas preconcebidas, miedos y juicios moralizantes— para acercarse a los libros.

En México la literatura infantil y juvenil aún es reciente y no se compara con la tradición de países que llevan más años en esto, como Inglaterra, pero el interés parece no cesar y hasta me aventuraría a decir que tendrá continuidad gracias a escritores que en su niñez sí se toparon con títulos escritos especialmente para ellos. Es una literatura que ya no podemos abandonar ni descuidar a pesar de que entramos tarde a ella, porque además habla de la importancia e interés que pone una sociedad en sus infantes.

Gracias al boom de Harry Potter, grandes casas editoras abrieron sellos de libros para niños y jóvenes y con ello impulsaron el interés en este tipo de literatura. No obstante, algunas lo han hecho de manera solamente comercial, redundando en temas, creencias y posturas suponiendo que los lectores no cambian y apostándole a gustos anquilosados y poco propositivos. Frente a eso, las pequeñas editoriales luchan por hacer notar que es posible escribir para niños de manera diferente y tocar temas actuales como el secuestro, el abuso infantil, la guerra y otros asuntos que, más que tratar de agobiar a las nuevas generaciones, se trata de hacerlas partícipes del mundo donde viven para que los jóvenes sean críticos y tomen opciones diferentes.

La fertilidad de propuestas para niños desde la literatura habla de la madurez de una sociedad para reconocer los derechos de todos y de su capacidad de ser incluyente. La literatura para niños también refleja el avance de la sociedad de la que parte: en otros países publican libros que a muchos de los mexicanos les parecería que “no son para niños”, mientras que en otras comunidades representan solamente la necesidad de hablar de todo, porque todos los lectores somos seres humanos que transitamos por diferentes experiencias.

Por ello, mi deseo es que, así como ahora hay escritores que ya fueron lectores de literatura contemporánea de niños, cada vez haya más padres que, en vez de olvidar quiénes eran en su niñez, recuerden que ellos también tuvieron la necesidad de que les explicaran el mundo y les enseñaran a habitarlo.

NTX/ECM/VRP/JC

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