Ciudad de México 07 de febrero de 2019 (Texto Rodrigo -Apolo- Ortega Acoltzi/Fotos José Fernando Montes de Oca/Maya Comunicación)

Las cinco y cuarto.

A la sombra del Palacio se cuentan una y otra vez las mismas viejas historias. Que yo lo vi en 72; que yo en el Auditorio, pero en el viejito; que la primera vez que lo vi me firmó en un cuaderno; a mí en un periódico. Se ponen nerviosos. Cotorrean. El menor indicio de ruido automovilístico los hace voltear en todas direcciones posibles.

El staff, también afuera, no se mezcla con ellos. Fuman, como pertenecientes a una élite, el aura que rodea al extraño mundo donde las fronteras del arte y la farándula se desdibujan.

17:37. Ya salió Kitflus, el tecladista; ya fumó; ya firmó, entre gentil y condescendiente, los discos de los fans y se guardó. El artista, el maestro, el todopoderoso cantautor catalán que hace medio siglo conmovía a las masas juveniles y que ahora revive el efecto en la no tan juvenil chaviza, no aparece.

Llegan las admiradoras con playeras, (mandadas a hacer, por supuesto) con el rostro de su mediterráneo héroe. Se sientan y recuentan, entre los tronidos de Avenida Hidalgo y el viento que distorsiona la voz y la imagen, a sus hermanos ausentes, a los miembros del club que ya no están o no vinieron.

El 2 de noviembre de 1969 tocó aquí. Antes estuvo en Justo Sierra y en la Chopin. ¿Es cuando tocó la Muñeca Fea? No, eso fue en el Teatro de la Ciudad en 1978. Enero del 72, ya cuarenta y siete años. ¿Cuánto llevan aquí? ¿Y tú qué traes para que te firme? Voy por una pluma, más vale. Órale, ese disco no lo tengo. Una vez lo vi en el Chopo pero se dejaban pedir demasiado.

Diez minutos después, la impaciente alineación se ha convertido en una de esas espontáneas, esporádicas, explosivas reuniones de viejos amigos que sólo una ocasión como ésta puede generar con tanto éxito.

Votan. Terminantemente, Mediterráneo es el mejor disco de Joan Manuel Serrat. Juanito. El Nano. Serrat a secas, como el nombre intocable de una deidad que se menciona con miedo, con respeto, con profunda admiración. Deidad que, no obstante su condición, en unos minutos (a saber si cinco o treinta o más) se aparecerá ante nosotros.

17:53. Llegan los músicos. Celulares fuera, guardaespaldas fuera, cámaras desechables, cuyos rollos se imaginarían imposibles de conseguir, fuera.

Historias sobre Cataluña, viajes a Europa y climas y depresiones post-europeas. Los periodistas y fresas que trabajan en Bellas Artes entran y salen.

No se puede estacionar ahí. Échese para atrás porque tiene que salir el coche. Estos españoles creen que pueden hacer lo que les dé la gana.

Risas. ¿Le trajiste a firmar un disco pirata? Los asuntos de clases desaparecen y en cuestión de (¿cuánto tiempo tarda Serrat en llegar?) todos somos la misma gente, el mismo clan. Olvidamos que cada uno es cada cual. Quién gana más, quién gana menos, se reduce a quién se ganará hoy a Joan Manuel.

Fuera de la burbuja, la rutina, intrascendente, cotidiana, anodina, gira, ignora, calla. Del otro lado de la acera, la vida.

Las 18:30 y todo sereno. Seguridad se relajó, los amigos se sentaron, las conversaciones enmudecieron pero se conservan, inquietas, en las sordas expresiones de esperanza que zurcan los rostros de los pacientes. El que espera desespera. Bienaventurados los pacientes porque tendrán “su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta”.

18:35. Todos se levantan. Lo vi. Lo vi. Ahí viene. Alcánzalo. Alcánzalo. Fotos. Silencio incómodo. Llega, se estaciona la camioneta blanca y descienden, lentamente, sus habitantes. Conductor, acompañantes y guitarra desfilan por la mirada ansiosa del grupo. Finalmente, cumpliendo las profecías de los volantes, la publicidad virtual, las conferencias de prensa y los fanáticos entusiasmados, sucede lo que tiene que suceder, lo que se espera que suceda: Serrat pone un pie, luego dos, en Bellas Artes. Los más variados tonos de gris se agrupan, ya no tan abundantemente, en el pelo largo del soñador.  Ha iniciado la primera de las cinco noches que presenciarán la resurrección de Mediterráneo, el álbum incónico, en mitad de la laguna texcocana.

Con un ademán elegante pero indiferente, el poeta transita, se abre paso entre la pequeña, compacta afición, como lo ha hecho por más de cincuenta años, en los conciertos y en la vida real. Caminante, no hay camino…

Son sólo un par de afortunados quienes complacen la sed de sus papeles, de sus portadas, con la sangre de la pluma del maestro. Sonríe, saluda, y se va. Desaparece entre los barrotes de la monumental puerta trasera.

Reinan el desánimo y la ilusión de los vencidos. Ganaron, pero no lo que querían.

¡Ay, yo le di un besito!

Y así como llegó, se disuelve en su propia desazón la fiesta, la espera, el ritual. Se dispersan hacia Eje Central, hacia la Alameda o hacia el Metro. La seguridad, el staff, los invitados, los trabajadores de intendencia se recluyen tras las murallas del Palacio y el mito se recrea lejos de la vista pública. En poco más de tres horas, todo se habrá olvidado. Resonará el eco del silencio sobre los muros art déco del auditorio, las luces apagadas soñarán su sueño de candil, los murales cerrarán y sus estoicos personajes se retriarán, dejando escenarios vacíos.

Igual que  se van, reaparecerán. El sábado el concierto será una hora antes que hoy. Y aquí estarán, a la espera del poeta, como hoy, como hace treinta años, como siempre.

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